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Voces que durante años permanecieron en silencio.

“¿Qué es eso que nunca dices?”

La pregunta parecía sencilla. Pero en las jornadas de “Raíces que sanan”, lo cambió todo.

Al principio hubo silencio. Después, palabras. Y detrás de cada palabra, una historia.

“Echo de menos estar sola.”
“Estoy cansada de ser siempre fuerte.”
“Nunca tengo tiempo para mí.”
“A veces quiero ser invisible.”
“Me gustaría irme un día sin dar explicaciones.”

Las tarjetas empezaron a llenarse. Muchas de estas frases hablaban de cansancio, de renuncias silenciosas y de una carga emocional acumulada durante años.

“No puedo más, pero sigo.”
“Me siento culpable cuando descanso.”
“Nadie me pregunta cómo estoy.”
“Siempre soy la que sostiene.”
“Estoy agotada de pensar por todos.”
“Quiero que alguien cuide de mí.”

No eran grandes discursos. Eran verdades.

De esas que no se dicen.
De esas que se quedan dentro.

Al escucharlas en voz alta, algo cambió.

“Pensaba que solo me pasaba a mí”, dijo una mujer.

Y en ese momento, dejó de ser solo suyo.

Porque cuando una habla, muchas se reconocen.

Este texto no busca cerrar nada.
Busca abrir.

Abrir espacio a lo que no se dice.
A lo que duele.
A lo que también necesita cuidado.

Porque detrás de cada mujer que sostiene,
hay una voz que lleva demasiado tiempo en silencio.