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La corresponsabilidad no es echar una mano.

“Mi marido me ayuda mucho”.

 

Es una frase habitual. Se dice con orgullo, incluso con agradecimiento. Pero en las jornadas de “Raíces que sanan”, empezó a generar incomodidad.

 

Porque al analizarla, deja algo claro: quien ayuda no es responsable.

 

Ayudar significa que la tarea sigue siendo de otra persona. Es opcional. Puntual. En cambio, responsabilizarse implica asumir, sostener y formar parte desde el principio.

 

Durante un taller, una mujer lo dijo sin rodeos: “Si me ayuda, significa que la responsabilidad sigue siendo mía”. Y muchas asintieron.

 

Porque la carga mental no es solo hacer. Es pensar, organizar, anticipar. Y cuando alguien “ayuda”, normalmente lo hace sobre algo que otra persona ya ha pensado antes.

 

“Dime qué hago”.
“Avísame”.
“Si necesitas algo, me dices”.

 

Pero la pregunta es otra: ¿quién piensa lo que hay que hacer?

Ahí está la desigualdad.

 

Porque no basta con colaborar. Hay que compartir la responsabilidad desde el origen.

“Yo no quiero ayuda. Quiero no tener que pedirla”. Esa frase lo cambia todo.

 

La corresponsabilidad implica saber qué hay que hacer sin que te lo digan, asumir tareas completas, anticiparse y cuidar sin delegar la organización en otra persona.

 

 

No es un favor.
Es una responsabilidad compartida.

 

Muchas mujeres reconocieron que nunca se lo habían planteado así. Que llevaban años siendo las gestoras invisibles de todo.

 

No hay soluciones rápidas. Pero sí un primer paso imprescindible: nombrarlo.

 

Porque cuando se nombra, deja de ser invisible.
Y cuando deja de ser invisible, empieza a cambiar.