La identidad más allá del cuidado.
¿Quiénes somos cuando no estamos cuidando? ¿Qué pasa cuando no podemos más? ¿Quién nos sostiene entonces?
Estas preguntas atravesaron uno de los momentos más significativos de las jornadas de “Raíces que sanan”. A través de una dinámica sencilla, las mujeres formaron un círculo y construyeron una red con un hilo rojo. Cada una sostenía una parte. En ese tejido compartido, ocurrió algo importante: cuando una soltaba, la red no se rompía. Se movía, se reajustaba, pero seguía sosteniendo.

La imagen era clara. Durante mucho tiempo, muchas mujeres han sentido que si ellas sueltan, todo se cae. Que su papel es imprescindible, único, insustituible. Pero esa red simbolizaba otra forma de entender el cuidado: compartido, distribuido, acompañado.
No se trata de dejar de cuidar, sino de dejar de hacerlo en soledad.
Sentir que no todo depende de una sola persona abre la puerta a algo fundamental: reconectar con una misma. Porque cuando la vida gira exclusivamente en torno al cuidado, es fácil perder de vista quién se es más allá de ese rol.
En los talleres, surgieron recuerdos y reflexiones que apuntaban en esa dirección: hobbies abandonados, sueños aparcados, partes de la identidad que quedaron en segundo plano. Muchas mujeres reconocían que, al preguntarse quiénes eran, les costaba responder sin nombrar a otras personas.
Por eso, este proceso no solo busca aliviar la carga, sino también recuperar la identidad. Recordar qué nos gusta, qué necesitamos, qué nos define más allá del cuidado.

Construir red no es solo apoyarse cuando no se puede más. Es también crear espacios donde volver a encontrarse.
Porque no somos el único nudo que sostiene todo.
Somos parte de un tejido.
Y ese tejido también está para sostenernos.
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