¿Qué es la violencia invisible?
“Llevaba toda la mañana levantando persianas, poniendo cafés, preparando medicinas y recogiendo silencios. A las doce del mediodía ya había hablado con todo el mundo, menos consigo misma.”
No hay gritos, no hay golpes ni moratones en la piel, pero si en el alma. Es una violencia hecha de silencios, cansancio y renuncias. Es la presión que nos dice que, por el hecho de ser mujeres, nuestro destino es sacrificarnos por los demás, y nosotras no somos importantes.
Es una violencia normalizada e integrada en nuestra sociedad y en nuestro día a día, por el simple hecho de haber nacido mujer. Creemos que es lo que nos ha tocado vivir. Es una violencia disfrazada de frases y justificaciones, que conocemos de primera mano, más de lo que nos gustaría.
Cuando nos referimos a la violencia invisible derivada de las cargas y responsabilidades del día a día, nos referimos a ese agotamiento que no se quita durmiendo de noche porque más que físico, es mental y emocional; es la fatiga que nos impide ser algo más que “la persona que cuida” o “la que siempre está”. Y que está mantenida por la gran trampa de la culpa.
En este proceso, la culpa juega un papel central. Es el mecanismo que mantiene esa disponibilidad constante, haciendo creer que parar o pensar en una misma es egoísta. A esto se suma la falta de reconocimiento, que muchas veces genera una sensación profunda de soledad.
Por eso, ponerle nombre a esta realidad es un paso fundamental. Lo que no se nombra, no se ve, y lo que no se ve, no se puede cambiar. Reconocerse en estas situaciones permite empezar a cuestionarlas.
No se trata de experiencias aisladas. La violencia invisible y la sobrecarga asociada a los cuidados forman parte de una realidad compartida por muchas mujeres.

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